Fragmentos y actividades, dentro del marco del taller "Morelos entre líneas"
Mayo 2018.
Ruth Marisela C. Farías
Desde que recuerdo, lo que más me gusta es la época navideña, las luces, la comida, el árbol adornado, las nochebuenas y, obvio, los regalos. Sin embargo, es una época tan especial que es completamente fugaz.
Hay otro elemento navideño que me parece fascinante, que tiene su propio encanto, es todo un deleite visual que encierra mil historias: el Nacimiento.
Cada domingo de la época navideña cuando mi familia y yo caminabamos a la iglesia, nos deteníamos en una casa, donde la dueña destinaba la mitad de su patio a un enorme Nacimiento. podíamos ver cientos de luces que alumbraban casas de barro, había una cueva donde el diablo planeaba distraer a las decenas de pastores de yeso, estaba el pozo del que brotaba agua, estaba un pequeño tianguis , donde habia un comal con patas de alambre y circulos de pintura simulando tortillas. Cada detalle era una historia.
Cada año los presonajes estaban ahí, aunque el paisaje nunca fue el mismo, en ocasiones, había un río, en otras montañas, otras un poco de nieve, el polo norte y hasta "Santa Clos". Algo era seguro, en la mañana del 6 de enero desaparecia.
Pero el resto del año, yo tenía mi propio escaparate, donde me deleittaba cada atardecer con mi propio Mega- nacimiento.
La vista panorámica que ofrecía en algún momento la azotea de mi casa, después el cuarto de mis papás y por ultimo el primer departamento de casada; sólo puedo decir que era incomparable.
Millones de luces, el cerro de Chiquihuite con antenas tintineantes, el elevado de calzada Zaragoza, los Reyes la Paz, los letreros iluminados, los miles de coches circulando...
Pero nada es para siempre. El Nacimiento de temporada de camino a la iglesia, tiene muchos años que ya no lo ponen, lo más probable es porque aquella Señora que s sentaa a un lado de él, falleció.
Ya no vivo en aquel lugar y mi Nacimiento permanente, ahora se ha vuelto temporal.