miércoles, 18 de agosto de 2010

¡Una cajita infeliz! por favor (Parte 2)

Por Marisela C. Farías.


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Aquí estamos, enfrente de una caja pidiendo lo único que puedes pedir en este tipo de locales de comida rápida, lo que ellos quieren que comas.

Pues, no está mal, o tal vez será que es lo primero que como en el día.

No puedo oír ni mis propios pensamientos, en la acera se encuentra vendedores ambulantes, y como estamos cerca de la Plaza de Computación, ofreciendo programas piratas. Pero qué más da, de esos hay muchos, en el metro ofrecen videos y mp3, en los camiones cacahuates y pepitas, ya hasta se han adueñado de los semáforos vendiendo plátanos.

La tele lo soluciona todo en esta vida, así que mejor busco el monitor, que para acabarla de amolar, lo único que transmite es lo que pasa en la planta del local.

No voy dejar que se vuelva arruinar mi momento, un poco de cátsup, un sorbo a los hielos con refresco, el silencio en medio del caos… que bien me estoy sintiendo.

Todos a mi alrededor parecen felices, no quiero ser el negrito en el arroz, un vistazo más al monitor, también parecen felices, excepto por una de las vendedoras. Al parecer la máquina que tiene al frente del negocio, y que a través de una pequeña ventanilla atiende a quienes solo desean un helado, está descompuesta, provocando que una de sus asociados de varias vueltas.

Pero algo más llama mi atención, en una de las mesas cercanas a la entrada uno de los vendedores de programas piratas concreta una venta con una pareja. Aún no se van, cuando llegan dos hombres trajeados, me viene a la mente que estos dos tipos van a ocupar la mesa para comer, pero también están interesados en la mercancía del catalogo que trae en las manos el gaviotero.

Hay que volver a la felicidad, la cara bonita del local, olviden lo que acabo de decirles, como todos los demás ahí presentes, sólo es una visión efímera, como un mal sueño. Que nos va a mostrar el monitor, un chico y una chica besándose, los padres y sus hijos, dos niñas comiendo papas fritas mientras balancean sus piernas, esto sí que me hace sentir mejor…

Las papas están en su punto, no son papas de verdad, pero ahora sé porque esas niñas lucen tan felices. Mientras admiro esta masa hecha papa, entra en el local un joven vestido con una camiseta blanca, bermuda de mezclilla, un paliacate gris atado en la presilla, tenis y calcetines blancos, una especie de Cholo. No compra nada, se dirige directamente a la planta alta y destruye la imagen de felicidad que proyectaba ese monitor.

Las niñas que comían papas desaparecen de la escena, pasan enfrente de mí, con una caja de mazapanes y de bombones en las manos, su cabello se encuentra atado en lo que teoría debería ser una cola de caballo, traen unos zapatos viejos, una con falda otra con un pantalón de mezclilla, su piel maltratada por los rayos del sol.

Un sorbo más a aquella fastidiosa bebida, esas asquerosas papas se me han atorado en la garganta. Veo el monitor, siguen los besos, siguen los padres y sus hijos, y ese ser perverso en el lugar de las niñas.

Y ese maldito payaso sonriendo, testigo mudo, ese maldito payaso inerte ¡que desgracia! que maldita desgracia.

Todo va directo a la basura, mis nauseas han vuelto, es mejor irme a casa, de donde nunca debí de haber salido hoy. Y ustedes olviden lo que acabo de decirles, como todos los demás ahí presentes, sólo es una visión efímera, como un mal sueño.

Pero si pasan por alguno de estos lugares no olviden pedir cortésmente una cajita infeliz… los niños explotados vienen de regalo.

Una Pluma, un Baúl de Recuerdos (estreno)

Con está nueva sección queremos cumplir las ambiciones de nuestros lectores, personas que gustan de leer nuestras trayectorias antropológicas, que para algunos pueden ser puros cuentos.

Sin importar que seas medico, psicólogo, químico, madre de familia, empleada domestica, tienes mucho que compartir; experiencias, recuerdos, sueños, tristezas y alegrías, y que por medio de este espacio, donde cualquiera puede ejercer libremente su profesión y dejarla fluir por medio de la palabra, se inaugura Una Pluma, un Baúl de Recuerdos.

Sin más que agregar, le damos la pluma a nuestra primer aportación.
Gracias.



Dices que no te quiero....


por Guadalupe Farías Miranda


Uno de mis más grandes deseos era tenerte. Un hijo varón, quien viviera muchos, muchos años. Ya que Dios, sólo me los dejaba 3 o 5 meses de embarazo, para después llevarlos de regreso con él. Por fin, se compadeció, y te dejo en la Tierra aquí conmigo….

Los 8 meses que estuviste en mi vientre, fueron de alto riesgo, podíamos perder la vida los dos, o por lo menos eso decían los doctores. Sin embargo, decidí aceptar la voluntad de Dios. Así que con él entramos al quirófano… naciste tú y yo contigo.

Cuando te tuve por primera vez en mis brazos, te vi tan grande, hermoso, con tu piel morena; con esos ojazos angelicales, que me veían fijamente como diciendo “soy un niño y Dios me mando contigo, porque tú me pedisteY ¿quién más podría haberme entregado un ser tan perfecto y maravilloso?

Te defendí peor que una leona de burlas y ofensas, velaba tu cuna mientras dormías, queriendo saber tus sueños de bebe; trabajaba, no sólo en casa, no sólo lo indispensable, para que no te faltará hasta lo que no pedías.

Dices que no te quiero…

Cuando fuiste creciendo junto con tus hermanas, me era difícil educarte, como lo que eras un niño. Cuanto sufría el enseñarte las labores de la casa, no por tratarte como un sirviente, sino para formarte como un hombre y no como un macho que todo se le da en la mano.

Cuando quería enseñarte no sólo a hablar, sino que aprendieras a convivir con tus semejantes, imaginándote como un buen coordinador, un líder con todos los aspectos positivos. Me costaba tanto trabajo el aguantarme la risa a carcajadas, y tener que hacer un gran esfuerzo para poner cara seria o hasta enojada por tus puntadas y travesuras. Me dolía y quemaba mi corazón, por el haberte regañado, castigado y hasta gritado por corregirte.

Dices que no te quiero…

Cuando yo te decía ¡Estudia y aprende! Para que tengas una mejor posición económica para que todos esos conocimientos y con ayuda de tu sabiduría no perdieras la libertad, a causa de la ignorancia. Llena de ansiedad quería hacer de ti un hombre de provecho para el futuro, para servicio tuyo y de la sociedad.

Te compraba ropa y zapatos, que tal vez no te gustaban, y no por imponer mis gustos, sino porque estaban en barata y era para lo que me alcanzaba. Que difícil para mí, exigirte virtudes en donde se carece de todo, cuando Yo tu madre, es una mujer común y corriente.










martes, 3 de agosto de 2010

¡Un cajita infeliz!, por favor (Parte 1)

Por Marisela C. Farías


Me encuentro caminado sobre Bolívar, en el centro de esta gran ciudad conocida como DF, cada segundo me hace pensar el porqué de mi paseo, por más que busco una respuesta no la encuentro. ¿Esto es un paseo? No, no fue planeado, no disfruto de cada paso que doy, ni siquiera observo lo que hay a mi alrededor, me mueve la inercia.

No quería quedarme ni un segundo más sola en casa, salió la oportunidad de encaminarme a esta calle tan común, tan cotidiana, tan simple. Cruce una manifestación en apoyo a los presos políticos de Atenco, un tema tan común en los últimos años, tan cotidiano, igual que la calle, que las marchas y mítines, tan míos.

En un segundo, o tal vez más, me encuentro en camino a una rosticería, pienso en comer una torta de pollo junto con mi acompañante, que cambio tan rotundo de dirección, pero ¿Cuándo tuvieron dirección mis acciones el día de hoy? Nunca, así que para que quejarse.

El semáforo de 16 de septiembre y Venustiano Carranza, es un fastidio, la luz roja parece eterna, no falta quien choque conmigo se atore con mi bolsa sin ni siquiera pedir una disculpa. Entre tanto ruido, escucho en tono sarcástico a mi acompañante , comentando los chismes de la portada del TV notas, ¡que basura!

Por fin, luz verde, tal vez esa torta que me ha motivado alivie mi malestar, desde muy temprano me tiemblan las piernas, de repente sudo frio, tengo nauseas, pero bueno ya sólo faltan unos cuantos pasos, unos cuantos locales, y en la meta la vitrina que exhibe papas fritas en bolas metálicas, en las paredes de mosaicos blancos cartulinas y fotos de pollos fritos. Pero, el vendedor no se deja ver.

Vencidos por las circunstancias, una cansada y otro entusiasmado, caminamos hacia el metro, una vuelta en “U”, para finalizar un viaje sin más destino que el lugar de origen.

San Juan de Letrán, una estación del metro tan común, tan mío, que él sólo pensar en él me hace sentir en casa, porqué la abandone hoy, mejor hubiera esperado hasta mañana, pero como dice el dicho “el hubiera no existe”.

Una malteada, en el Moro las hacen muy ricas, una afirmación que es un hecho, tal vez eso si me haga sentir mejor, qué más da.

¡Qué suerte! Hoy no es mi día, está cerrado. Qué le pasa a está ciudad, se desmorona de la peor manera, un local de 77 años ya no está.

Dicen que veneno mata veneno, una hamburguesa y unas papas, sobre el Eje Central se encuentra un McDonalds, una vez al año no hace daño. Y además, nada peor puede pasar el día de hoy…

Fragmentos y actividades dentro del marco del Taller Morelos entre líneas.   Mayo 2018.     Víctor Castro.   Soy un...