domingo, 11 de octubre de 2009

OTRO BOLILLO POR FAVOR . Parte III

No había mucho de donde elegir así que escogí la número tres.

- Pues, si no es mucha molestia. Acepto su invitación - le dije a aquel viejito.

- Pues, bien - me contesto- pero primero vas por teleras para los chilaquiles.

Y comencé a caminara su paso.

- Y ¿Cómo se llama joven?

- Beto, señor – le conteste.

Y llevábamos como cinco minutos caminando por una calle empedrada, que con la humedad se volvía resbalosa, y ni luces de la panadería, es más ni siquiera olía a pan recién hecho.

- Falta mucho para la panadería – le pregunte.

- Poco – me contesto – no es una panadería, es un jacalito donde aún hacen como el de antes.

Y comenzamos a descender la pequeña loma, y sólo podía pensar en que de regreso me iba salir la cruda, cuando de pronto tambalee, sin caer, sobre las piedras mojadas.

- Cuidado, que si se cae va a rodar ¡hasta allá abajo!- me dijo.

Teniendo más cuidado le comencé a preguntar por su nieta, ¿Cómo se llama? ¿Cuántos años tiene? ¿En dónde estudia? a lo que contesto.

- Estudia en la UAM, tiene 23 años y el nombre no le va gustar – me dijo.

- ¿Por qué? – con cara de asombro.

- Porque se llama como mi difunta esposa.

- ¿Cómo se llamaba su esposa?

- Ángeles Clodomira.

Estuve a punto de soltar la carcajada ante tal nombre pero me aguante, más que nada porque estuve a punto de caer de nuevo. Continúe caminando, pensando en la pobre muchacha, habría sido el hazme reír de su escuela, aunque Ángeles no estaba del todo mal.

Seguimos bajando por la calle empedrada, la niebla seguía muy espesa, por lo que me separe del viejito caminando hacia la orilla del camino mientras le decía

- Oiga, no cree que con tanta niebla nos pueda atropellar un carro si vamos a media calle.

- No te preocupes muchacho, que ningún carro pasa por aquí y menos a estas horas.

Al llegar a la banqueta vi unas rejas de color negro y al voltear para preguntarle que era aquello volví a resbalar cayendo de sentón, y con tanta mala suerte en un charco de agua. Estaba maldiciendo mi negra suerte cuando el viejito se me acerco diciendo

- Es el Panteón viejo, ya casi llegamos a nuestro destino.

Lo mire a la cara para ver si se estaba burlando de mi, pero se mantenía serio y al bajar la vista para ver donde poderme apoyar y levantarme, vi algo que me hizo olvidar todo, hasta la borrachera. El viejito no tenía pies, así como se lo digo, aquel viejito no tenía nada de las rodillas para abajo, y como pude me levante y salí corriendo de ahí hasta que casi choco con usted.

- ¡hay joven! – exclamo la tamalera – ese canijo viejito se le ha aparecido a mucha gente, dicen que se lleva a los muchachos al panteón y nunca se les vuelve a ver otra vez. Dicen que aún anda buscando al que deshonro a su nieta.

De pronto una familia apareció para comprar tamales, distrayendo a la tamalera que a modo de despedida me dijo.

- ¿quiere algo más?

- Otro bolillo por favor, pal’ susto.

FIN.

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