jueves, 18 de noviembre de 2010

Al morir, nada nos llevamos....


Por Marisela C. Farías


Al morir, nada nos llevamos, es un dicho popular que no había comprendido hasta este mes de noviembre. Para quienes vivimos en México, noviembre es un mes que nos acerca a la muerte de una manera muy singular, con tradiciones coloridas, llenas de recuerdos de quienes la muerte ya los alcanzó y como personaje principal encontramos a una gran señora, La Catrina*; símbolo emblemático no sólo de estas celebraciones sino también de la picarda con que los mexicanos nos tomamos las cosas.
Pero volviendo al titulo de este texto, esta frase referente a la muerte, irónicamente tal vez, la he escuchado a lo largo de mi vida y siempre en contextos donde se hacia referencia a que no había que preocuparse por las cuestiones materiales sino por ser felices.
Esta frase encierra muchas cuestiones existenciales, pero más que respuestas sobre cómo se debe de vivir, morir o la felicidad, encierra cuestionamientos sin resolver.
Si no nos llevamos nada ¿Entonces que debemos dejar? ¿Qué significa ser felices? ¿Cómo se es feliz? Si muchos son infelices en su trabajo ¿Lo tienen que dejar?
Bueno, tal vez todo esto sean sólo disparates de una loca, no los culparía si en este momento por su mente pasará "tanto por una frase".
Tal vez aun no encuentre las respuestas a todas mis inquietudes, ni nunca lo haga, pero si obtuve una de las mejores explicaciones de esta frase, y todo se lo debo a una mujer, que por desconocer su nombre, la he llamado Juanita.
Juanita, es una mujer que se encuentra oficialmente en la clasificación de Los Adultos Mayores, es decir, tiene mas de 60 años. A pesar de que muestra tener buena salud, ya no tiene la fuerza suficiente en las rodillas, sufre de osteoporosis, aun trabaja vendiendo quesadillas, hace algunas composturas de costura y lo que puede para obtener dinero. Su esposo ya no trabaja, pues tiene problemas del corazón, y no cuenta con ninguna pensión, pues tan sólo hace un par de años se dedicaba a la albañilería, y nunca se encontró registrado en el IMSS.
A Juanita, siempre me la he encontrado en el camión, el que va para CU. Algunas veces porque acompaña a su esposo con el doctor, se baja en la zona de Hospitales en Tlalpan, otras porque va hacer servicio domésticos no se donde, esos si no lo se porque se sigue en el camión cuando yo me bajó.
Aunque nunca he intercambio ninguna palabra con ella, la conozco muy bien, siempre se sienta en el mismo lugar, con las mismas personas. Las empleadas domesticas, o Las Chachas como todos en el camión las conocen, se aglutinan en la parte trasera del camión, y aunque no vivan cerca de la base, prefieren tomar el camión ahí, pues la mayoría recorre todo el trayecto desde Santa Catarina, en los limites de Tlahúac y el Estado de México, hasta Tlalpan o más lejos.
Son inconfundibles por sus platicas, pues no hay día en que no se quejen de sus patronas. Entre ellas se llaman con mucho respeto, son Doña Rosita, Doña Petra, Doña Lupe, sin importar el rango de edad.
En este pequeño grupo de unas 8 a 10 mujeres se encuentra Doña Juanita, pero qué la hace diferente a las demás. Pues verán, además de quejarse de que su patrona es una explotadora, que ya esta harta de su marido, a quien sus ideas machistas y fatalistas lo han hecho un inútil y no sólo sus problemas cardíacos, que todo esta muy caro en el mercado o que sus rodillas ya no las aguanta.
Igual que yo toda su vida ha escuchado la frase Al morir, nada nos llevamos. Por enseñanzas de su madre nunca fue avariciosa, se caso con un hombre humilde de igual profesión, su casa es solo de una planta, una tele, la cual casi no ve, no asiste con doctores particulares, pues porque su vida es vivida por ella con humildad para alcanzar la gloria de reposar eternamente en el paraíso.
Bueno eso creía hasta hace algunos años, cuando no les iba tan mal, pero en una de idas y venidas en el camión, la escuche murmurar con una de sus comadres, algo que me causo mucha curiosidad.
Cada día que se levanta a las cuatro de la mañana, se siente con una fuerte melancolía por si misma, a pesar de seguir con las enseñanzas enraizadas en su comportamiento desde su infancia, no se siente feliz. Cómo, cada día más cerca de toparse con el destino, la muerte, no ha cumplido con el cometido que "Dios nuestro señor nos ha encomendado" (citando una de las frases que le repetía constantemente su madre), vaya ni siquiera lo hizo por el mal camino pues no tiene nada material a que aferrarse.
Su comadre la consoló en ese momento con otro dicho, con "buena salud y amor, que te puede faltar comadre", para lo que Doña Juanita le respondió "Mm.. salud, la tuviera si los doctores hicieran su trabajo, figúrese comadre, que el otro día que me sentía muy mal fui al centro de salud, me reviso el Doctor y me dijo que él no podía hacer nada, que debía ir casi con un pie en el hoyo para que me hicieran caso... ni siquiera me dijo que tenía".
Pobre Doña Juanita, cada vez que veía anuncios en la televisión sobre como la gente era feliz gracias a su Seguro Popular, no podía evitar pensar "Pinches paleros, eso no sirve pa' nada... mentiras, ¡puras mentiras eso de que lo curan a uno!"
Amor, también le engañaron con eso, pues con su esposo ya ni se habla, y bien sabe que llego a tener a una que otra Querida[1], "no más porque ahora está viejo y no tiene dinero está conmigo" . No sólo yo la desconocía en está conversación, también su comadre, quien con su silencio dejo correr el soliloquio de Doña Juanita.
La religiosa, sumisa y noble Juanita que vi mañana con mañana por casi cuatro años, ahora se sublevaba ante su credo, ante su difunta madre y ante sí misma.
Aunque apenas si se escuchaba su voz en medio del alboroto del camión, se podía apreciar la exaltación violenta que sufría su voz, pero también sus adentros.
Creí que ya había terminado su desahogo cuando se dijo "tal vez por algún momento en el que si fui feliz, pueda morir en paz cuando me toque", rematando esta frase con un silencio, para voltear por la ventanilla y mirar el camino del diario.
Sin embargo, con un suspiro dejó que en sus palabras fluyeran una de las reflexiones más convincentes que he escuchado sobre de que al morir nada nos llevamos.


"Creo que mi madre no entendió lo que quería decir esa frase, creo que nadie la ha entendido, pues nos han engañado comadre...
nos han tomado el pelo, y bien tomado, no nos llevamos nada a la tumba
no por que cambiemos riquezas y cosas materiales, como dicen por ser felices
más bien porque nos han enseñado a que no tengamos nada..."

Tal vez, Doña Juanita después de esto aparento ser la misma de antes, tal vez su comadre no tomó en serio lo que le dijo, pero lo que si sé es que a mi me cambio aquel discurso, que nunca pretendió serlo.
Porqué el Reino de los Cielos debe ser de los pobres hasta el día de su muerte, porqué no poder disfrutar de la vida. Para Doña Juanita, ella siente que es muy tarde, porque genio y figura hasta la sepultura.
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*La Catrina de José Guadalupe Posada, es una de las representaciones de la muerte que le ha dado vuelta al mundo. Posada nace en Aguascalientes, el 2 de febrero de 1852 y muere en la Ciudad de México el 20 de enero de 1913. Fue considerado por Diego Rivera como el prototipo del artista del pueblo y su defensor más aguerrido. Célebre por sus dibujos y grabados sobre la muerte y por ser un apasionado de dibujar caricatura política.

Desarrolló nuevas técnicas de impresión. Trabajó y fundó periódicos importantes. Consolidó la fiesta del día de los muertos, por sus interpretaciones de la vida cotidiana y actitudes del mexicano por medio de calaveras actuando como gente común.

[1] Sinónimo de amante, concubina.

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