lunes, 16 de mayo de 2011

El día de los dos suicidios.

Por Marisela C. Farías.



La localidad de Capácuaro está situada en una región que se conoce como la Meseta Purépecha, al norte de Uruapan, en el Estado de Michoacán de Ocampo. Tiene 7674 habitantes aproximadamente.

Capácuaro, no es conocido por sus bellos paisajes, por sus grandes fiestas patronales, o porque la mayoría de su gente aun habla purépecha, tampoco por las grandes virtudes de sus habitantes como fabricantes de muebles; tal vez ni siquiera sabían de su existencia hasta el día de hoy.

Pero estoy segura que a partir de este momento no lo podrán olvidar, pues en este lugar han pasado cosas que nadie se imaginaba que algún día pasarían.

Una mañana de tantas que ha tenido este húmedo pueblo, la gente no dejaba de murmurar lo acontecido el día anterior, la muerte no se había sentido tan presente como en esos días, pues aunque era normal ver las calles abandonadas debido a la migración masiva sufrida en los últimos años por la falta de trabajo, no era posible comprender porque dos personas de su pueblo se habían buscado a la muerte por su propia mano el mismo día.

Tal vez era el fin de dos tristes historias, un fin que nadie del pueblo llegó a imaginarse, pero que al fin y al cabo los marcó para siempre.

Las campanas de la iglesia sonaron con una tonada fúnebre, que ya sólo se escuchan en algunos pueblos, retumbaban en cada rincón mientras frases de compasión hacia aquellos pecadores pasaban de boca en boca.

“¡Pobre! Por negrito lo despreciaron…”

“pues pobre se enamoró de una Güera, no tenia oportunidad”

“pero mala no fue la muchacha en despreciarlo, mala la madre de ella quien nunca dejó que enamorará a su hija”

Pedazos de una historia de un amor no correspondido, de un hombre quien fue despreciado de la manera más despiadada sólo por su color de piel, quien aunque luchará por conseguir riquezas nunca podría luchar con el estigma de ser feo y sin futuro sólo por ser negro, como varias veces había sido nombrado despectivamente. Aquella tarde en que decido rendirse ante la muerte por aquel amor que sentía, fue a ver a la muchacha que le robaba el sueño y suspiros, con la esperanza de una oportunidad, pero lo único que recibió fueron insultos y ofensas Desesperado robó uno de los cintos que utilizaba la muchacha, corrió hasta su casa y con aquel objeto de su adoración construyó su propia orca.

Pero lo que más causaba ruido entre los pobladores de Capácuaro, era las similitudes entre ambos lamentables sucesos. Pues, a pesar de que el otro ataúd llevará en sus adentros a una mujer, está también había recurrido a la orca de su cinto como remedio de sus pesares.

Sin embargo, la compasión no era algo que se tuviera por aquella mujer, más bien las maldiciones eran acompañadas por su nombre. Era vista como una mujer sin alma, sin corazón, despiadada por haber dejado huérfana a una pequeña de tan sólo 5 años.

“… qué no pensó en su pobre hija, ¡qué va ser de esa criatura!…”

“… todo lo dejó, nada le importó, ni su hija, qué se esperará de ella y su alma…”

“… nunca fue buena mujer, y lo demostró… dejó a su hija…”

“Dios se apiade de su alma…”

Frases lastimeras para los familiares, todos sabían lo que había orillado a aquella mujer a ser una mala madre, pero muy poco importaba. Nadie mencionaba que aquella madre había sido abandonada por su pareja, un hombre como muchos en el pueblo que partió años atrás al otro lado para buscar trabajo.

La separación había sido física, pero aquella mujer guardaba en su corazón enamorado la esperanza de reencontrarse con el padre de su hija, en una casa construida con el dinero de él y cimentada con los sueños de ella.

Como era costumbre, aquella mujer llena de ilusiones contestó el celular para escuchar la voz varonil que se encontraba al otro lado, pero no eran buenas noticias. El anunció de sus separación definitiva hizo que la razón se le nublara al mismo tiempo que los ojos, nadie sabe cuáles fueron las palabras exactas que se dejaron resonar en el auricular, lo que están seguros es que otra mujer estaba de por medio.

Nuestras acciones nos hacen mejores o peores: quien trabaja se hace trabajador, quien roba se hace ladrón, quien mata se vuelve asesino. Y en esta historia que llegó a mis oídos, los dos suicidas, ya estaban muertos antes de que decidieran que el aire dejará de alimentar a sus pulmones, que la sangre dejará de fluir por su cuello y de fracturar el pilar de su cuerpo.

Aquellas cámaras frías de madera, llevaban cuerpos que habían caminado entre los pobladores, sin que estos se dieran cuenta de que eran sólo carne inerte.

Insultos, burlas, desprecios, indiferencia, olvidos… actos directos a la dignidad de la traicionada mujer y al ignorado hombre, hicieron que sufrieran una muerte lenta y tortuosa. Graves ofensas de las que nadie es condenado, y de las que todos son testigos mudos. El verdugo no fue aquel cinto tejido en estambre, fueron los amores de cada uno de ellos, personas a quienes amaron infinitamente.

El acto ha pasado, nadie los podrá regresar de la muerte, pero Capácuaro ha quedado teñido de desgracia.





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