Salí caminando entre la bruma del amanecer, pálidos rayos de Sol se comenzaban a colar por entre las casas, un perro somnoliento ladró desde la seguridad de un portón inundando toda la calle desolada.
El ruido del motor de un micro ahogo el ladrido del perro me di cuenta que caminaba en sentido opuesto al lugar de donde provenía el ruido de motor, y regrese sobre mis propios pasos, sumergiéndome cada vez más en una espesa niebla que ocultaba de la mirada las fachadas de las casas, sólo el débil resplandor de los focos señalaba los límites de la calle.
Avance lo que suponía ya debían ser tres cuadras sin encontrarme con alguna avenida principal, me detuve un instante tratando de recordar cómo es que llegue a la fiesta anoche; en ese momento sentí en la nuca una mirada que me hizo voltear y distinguir entre la bruma la silueta de una persona que se acercaba con paso lento, por su caminar, lo primero que pensé es que se trataba de un anciano, pero dude pensando que los abuelos salieran temprano a dar la vuelta. Entonces supuse que se trataba de algún deportista asaltado por un repentino calambre, quien quiera que fuera pudiera darme indicaciones de donde tomar un micro o cualquier otra cosa que me llevara al metro más cercano.
Con esa idea en mente camine al encuentro de la silueta indefinida hasta que estuvo a unos pasos de mi, y en un instante la neblina dejo ver delante a un señor de más de sesenta años de edad, de pulcra barba blanca, con anteojos pequeños, vestido con un viejo abrigo de color negro de lana, bufanda color vino alrededor del cuello y en la mano derecha un bastón de madera.
- ¡Buenos Días! – le dije sin poder ocultar mi aliento alcohólico.
- ¡Buenos Días Joven! ¿qué tal estuvo la fiesta de anoche.
Su respuesta me tomo por sorpresa, el Viejo al ver mi turbación me dijo en tono más amable.
- Tengo una nieta como de su edad que también ande de fiesta en fiesta, y le diré que cuando yo tuve su edad era peor que ustedes.
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